Quinielaczytasz strone nr 399
Pero espera.
Ana de Austria corrió a su escriño.
-Toma -dijo-. Ahí tienes un anillo de gran precio, según aseguran; procede de mi
hermano el rey de España, es mío y puedo disponer zakłady de él. Toma ese anillo y hazlo
dinero, y que tu marido parta.
-Dentro de una hora seréis obedecida.
-Ya ves el destinatario -añadió la reina hablando tan bajo que apenas podía poker oírse lo
que decía: A Milord el duque de Buckingham, en Londres.
-La carta le será entregada personalmente.
-¡Muchacha generosa! -exclamó Ana de Austria.
La señora Bonacieux gry stare besó las manos de la reina, ocultó el papel en su blusa y
desapareció con la ligereza de un pájaro.
Diez minutos más tarde estaba en su casa; como le había dicho a la reina no piłka nożna había
vuelto a ver a su marido desde su puesta en libertad; por tanto ignoraba el cambio
que se había operado en él respecto del cardenal, cambio que habían logrado la
lisonja mecze y el dinero de Su Eminencia y que habían corroborado, luego, dos o tres
visitas del conde de Rochefort, convertido en el mejor amigo de Bonacieux, al que había
hecho creer sin mucho esfuerzo que ningún sentimiento culpable le había llevado
al rapto de su mujer, sino que era solamente una precaución política.
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